Los casos semanales de sarampión en Estados Unidos han alcanzado un nuevo récord, superando incluso el pico registrado durante el brote de 2019, considerado el más grave desde la década de 1990. De acuerdo con los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), durante la semana del 30 de marzo se registraron 111 casos con inicio de síntomas, superando los 102 reportados en el mismo período del brote de 2019.
Este aumento está vinculado principalmente a un brote activo en Texas y estados vecinos, que ya ha sobrepasado en magnitud a cualquier otro brote individual desde que el sarampión fue declarado eliminado en el país en el año 2000. Según información recopilada por CBS News, al menos 750 casos han sido identificados entre Texas y Nuevo México, con propagación hacia Oklahoma y otros estados.
En total, se han contabilizado 935 casos de sarampión en lo que va del año en Estados Unidos, una cifra que podría ser aún mayor debido a posibles infecciones no diagnosticadas o no reportadas. La tasa de hospitalización en este brote es del 13%, y se han registrado tres muertes. En contraste, Canadá ha confirmado más de 1.000 casos, con una tasa de hospitalización del 7% y sin fallecimientos reportados.
Las autoridades sanitarias han señalado que también se han identificado 11 brotes localizados adicionales en diferentes regiones del país, un incremento frente a los 10 que se notificaron la semana anterior. En Texas, la vocera del Departamento de Servicios de Salud estatal, Lara Anton, declaró que, aunque los casos parecen estar disminuyendo, aún es pronto para considerar que el brote ha terminado. Explicó que los reportes pueden demorar varios días en reflejarse debido a retrasos en los laboratorios.
Asimismo, se ha advertido sobre un posible repunte en las próximas semanas relacionado con los desplazamientos por las festividades de Semana Santa. Expertos continúan alertando sobre la alta contagiosidad del virus, especialmente entre poblaciones no vacunadas, lo que refuerza la necesidad urgente de mantener y aumentar las tasas de inmunización.
El brote actual representa una señal de alerta para el sistema de salud pública en Estados Unidos, evidenciando cómo la disminución en la cobertura de vacunación puede permitir el resurgimiento de enfermedades prevenibles, incluso en países donde su transmisión ya había sido controlada.

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